EL ARTE EN LA PREHISTORIA: Cronología y características generales.

Cuevas de las manos.

Cuevas de las manos.

El Arte Prehistórico comprende las manifestaciones plásticas realizadas por el Homo sapiens sapiens desde el final de la Edad de Piedra hasta la Edad de los Metales.
Tradicionalmente, este amplísimo período de tiempo se ha dividido de la siguiente forma:

  • Paleolítico Superior (30.000 – 9.000 a.C.), donde surge una cultura de cazadores y recolectores en el entorno glaciar;
  • Mesolítico (9.000 – 6.000 a.C.), caracterizado por la aclimatación de las comunidades de cazadores y recolectores al aumento de las temperaturas posglaciares;
  • Neolítico (6.000 – 3.000 a.C.), cuando la piedra pulimentada sustituye a la tallada, y aparecen la agricultura y la ganadería;
  • Edad de los Metales, que arranca con la invención de la metalurgia y su primera etapa se corresponde con el empleo sucesivo del cobre (3000-2000 a.C.) y del bronce (2000-725 a.C.).
    La relación del ser humano con el medio ambiente vuelve a cambiar y a la revolución neolítica le sucede una revolución urbana, donde la sociedad tribal, básicamente igualitaria, se jerarquiza.

Aunque de la Prehistoria no se conservan fuentes escritas, y sólo contamos con fósiles y otros restos arqueológicos, sabemos que los hombres del Paleolítico eran nómadas y que vivían íntimamente unidos a la naturaleza.
Su actividad fundamental era la obtención de alimentos, que conseguían mediante la caza, la recolección de frutos silvestres y el carroñeo.
En esos tiempos existía en Europa un clima rudo, con alternancia de largos milenios de frío húmedo y frío seco, siempre dentro de lo que comúnmente se denomina un período glaciar , y con otras etapas interglaciares , de clima menos riguroso y algo más cortas.
Las nieves perpetuas, entre 700 y 1.000 metros más bajas que en la época actual, hacían que, junto con el clima, la flora y la fauna, las 
condiciones ecológicas fuesen muy diferentes de las que vivimos en nuestros días.
Durante este larguísimo período nuestros antecesores, además de adaptarse al medio natural, desarrollaron toda una simbología basada en sus temores y deseos, valiéndose tanto de los instrumentos líticos como de vivos pigmentos.
Esta voluntad de manifestar sus creaciones artísticas se desarrolló en 
dos campos diferenciados. Por un lado, en objetos fácilmente transportables, dado que eran nómadas (arte mobiliar). Por otro lado en las paredes de las cuevas y oquedades en los que circunstancialmente habitaban (arte parietal).

 

LA PINTURA RUPESTRE FRANCOCANTÁBRICA

Pese a que es muy posible que el hombre utilizase como soportes para sus dibujos y pinturas trozos de corteza, de piel, de madera y de piedra, sólo han llegado hasta nosotros las pinturas y grabados que realizó sobre las paredes de las cuevas, obras de “arte parietal”, donde las condiciones de temperatura y de humedad son idóneas para la conservación de los pigmentos.
Esta pintura paleolítica se le ha denominado pintura franco-cantábrica porque su radio de extensión abarca fundamentalmente el sur de Francia y la cornisa cantábrica española, si bien existen otros ejemplos fuera de este ámbito.
Entre los yacimientos pictóricos más importantes pueden citarse los franceses de Lascaux, Niaux y Tríos Frères y, muy especialmente, las cuevas de Altamira en Santander, junto a otros conjuntos del área española, como El Castillo y La Pasiega (Cantabria), Cándamo (Asturias) o el Parpalló (Gandía, Valencia).
La técnica utilizada para la ejecución de estas pinturas nos admira hoy en día por la sencillez de su factura y su larga perdurabilidad. Los instrumentos empleados para extender los colores eran sus propios dedos, toscos pinceles elaborados con cerdas, espátulas o proyectándolos al soplarlos con la boca sobre la pared. En ocasiones se servían de un buril de sílex para contornear la figura, a modo de un rudimentario esgrafiado.
Para crear los colores utilizaban como aglutinante la grasa animal, la resina o la sangre, a los que añadían los diferentes pigmentos para su coloración. Así, por ejemplo, se sabe por investigaciones actuales que los productos más empleados eran el óxido de manganeso, que producía unas tonalidades negro-violáceas, y el óxido de hierro, con una gama entre el rojo y el ocre. También se hacía uso del carbón y, en algún caso, de la sangre. Este procedimiento graso resultó el ideal para conseguir una adherencia perfecta sobre las porosas rocas de las cuevas, de modo que, absorbidas por éstas y mantenidas en unas constantes  condiciones de humedad, han permanecido durante miles de años prácticamente inalteradas.
Con estos medios el artista paleolítico representó un tema casi único: los grandes animales a los que debía enfrentarse en el ejercicio de la caza.
Bisontes y caballos constituyen las figuras mayoritariamente pintadas, apareciendo también jabalís, venados, y muy esporádicamente, algunas figuras humanas que parecen ser hechiceros disfrazados con pieles de animales.
Para la realización de estos murales, sobre todo en las últimas fases de desarrollo, se instrumentalizaron recursos como el aprovechamiento de salientes con el fin de aumentar la sensación de volumen, o la degradación tonal, consistente en producir cambios en la intensidad de los colores para producir bulto, efecto especialmente visible en los rojos-ocre en su fusión con el negro carbón. Con todo ello se conseguía un alto grado de verismo, que junto con el tratamiento de las proporciones, lograba una sugerencia naturalista de las figuras. El tipo de perspectiva utilizado fue evolucionando con la experiencia de sus artífices. Entre los procedimientos perspectivos más comunes, se encuentra la “perspectiva torcida”, que exige diferentes puntos de vista: dado, por ejemplo, un bisonte de perfil, los cuernos se presentan de frente. El perfil absoluto implicaba dibujar la figura siguiendo una línea paralela a su contorno, mientras que la visión de tres cuartos suponía un mayor naturalismo en la representación. La interpretación del arte francocantábrico ha supuesto, durante el presente siglo, el tema principal de atención de los investigadores sobre la materia. En este sentido, dos son las teorías que se formularon desde un principio sobre el significado y la finalidad de estas obras. La primera, llamada mágica, fue elaborada por el abate Henri Breuil y parte de un hecho histórico: la necesidad de cazar para el hombre del Paleolítico. En aquella remota época, el sistema depredador de subsistencia obligaba a la humanidad a una dependencia vital de sus presas, por eso, según este autor, se idearon rituales de magia simpática o de atracción. Se creía que, por el hecho de representar pictóricamente un animal, su caza se iba a producir. De ahí que se intentara realizar las figuras de la forma más realista posible, porque se pensaba que, cuanto más se pareciera al natural, más posibilidades tendrían de apresarlo.
También, ante el temor a la extinción